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«Los colombianos son bandidos que se venden por una empanada»: Moreno

Carlos Moreno es un hombre tranquilo. No lo conozco tanto pero creo que esa serenidad se ha mantenido sin muchos balanceos en las peores tormentas emocionales. Me imagino que Carlos regresaría caminando por algo que se le quedó dentro de un edificio en llamas o podría hacer una observación sobre la ciudad mientras va a urgencias con una herida de bala.

Esa tranquilidad, incluso placidez, parece emanar de él e instalarse en los demás. A mí me ha pasado siempre que he estado cerca. Ese, sin duda, es también uno de sus atributos como director. El actor John Alex Toro me dijo que Carlos, en una producción, “es el primer obrero, cero privilegios, es uno más; es metódico y sabe lo que quiere, pero no es arrogante ni se impone”.

Lo sé: lo viví durante la escritura de Lavaperros. Carlos escucha, toma nota, piensa, corrige o se reafirma con argumentos, y tiene la fuerza pausada de los osos para mantener el pulso y la moral de grandes —y pequeños— equipos. Con esa misma parsimonia segura entró en 2013 a una sala en un hotel de Rosales, con mi socia Pilar Quintana y conmigo, al pitch —o breve exposición— frente al numeroso jurado que concedía los premios para desarrollo de guion que otorga cada año el FDC, (Fondo de Desarrollo Cinematográfico). El pitch es el último escollo para ganar el dinero y, lo más importante, la tutoría con un experto en desarrollo de guiones cinematográficos. Pilar y yo, un año antes, habíamos hablado con Carlos y le habíamos dicho que teníamos una historia para que filmara, un thriller coral con un bobo, un traqueto medio loco, un jardinero, una puta vieja y una bolsa de dólares. Carlos la había leído y se había sumado en calidad de director.

Nuestro guion sucedía en Cali, Carlos nos propuso tuluanizarlo. Un fin de semana de Halloween viajamos a Tuluá Pilar y yo. Allá nos encontramos con él y estuvimos haciendo etnografía en discotecas y centros comerciales, viendo cómo eran los traquetos tulueños, qué pinta tenían. Nos quedamos en la finca de su papá, que tiene frutales y árboles clasificados.

Las historias de Carlos, su lectura de la ciudad, la idiosincrasia, enriquecieron aún más el guion. Para cuando nos presentamos al pitch la película aún se llamaba Traquetos y Carlos era nuestro tercero a bordo. Pidió permiso para entrar y dijo que él quería filmar esa película. Era un refuerzo de peso, pues Carlos —o Moreno, como le dice la mayoría de sus amigos— ya había hecho tres largometrajes —o dos y medio—, Perro come perro (2007), Todos tus muertos (2011) y El cartel de los sapos (2012).

Los jueces nos hicieron algunas preguntas porque el mero Carlos no iba a hacer el milagro, pero seguro él pesó tanto o más que nuestras respuestas para ganar una tutoría con Joan Marimón, autor de un maravilloso libro sobre montaje cinematográfico y gran analista de guiones. Durante unos meses Joan nos escuchó y aconsejó de la mejor manera. Charlamos con Carlos todos los cambios y después de esa escritura seguimos reescribiendo incluso hasta el penúltimo día de rodaje de Lavaperros, que se estrenó en Netflix el 5 de marzo pasado.

Carlos nació en el barrio San Fernando y vivió allí hasta sus 25 años, a sus 52 dice que es más sanfernandino que caleño, pero Carlos es caleñísimo. Su acento caleño está esculpido en titanio, seguro no sufrió el mínimo rasguño ante el español barcelonés, el cantado salvadoreño y el tono bogotano de los sitios en que ha vivido. Si Carlos supiera veinte idiomas diferentes hablaría todos con acento caleño. Debe de roncar y estornudar en caleño. Con esa cadencia nos fue mostrando a lo largo de los años cómo mejorar una escena, incluir un detalle, superponer dos situaciones.

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