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‘Denunciar es como una lápida, es morir’: Obispo de Buenaventura

Entrevista con Monseñor Rubén Darío Jaramillo Montoya sobre su trabajo en Buenaventura.

A San Francisco de Asís, el patrono universal de la ecología, solo le faltó una mochila para que lo llamaran “el cura mochilero”, como nombran al obispo de Buenaventura. Dicen que monseñor Jaramillo conoce cada uno de los ríos del municipio, porque para él, el agua es vitalidad. Aunque en esta ciudad, habitada por 450.000 personas aproximadamente, el agua potable apenas llega cada dos días.

Nacido en Santa Rosa de Cabal, Risaralda, Rubén Darío Jaramillo es el tercero de cuatro hermanos. Cursó estudios filosóficos y teológicos en el Seminario Mayor María Inmaculada de Pereira y en 1992 fue ordenado sacerdote. Ha ocupado numerosos cargos pastorales desde entonces, hasta ser nombrado por el Papa Francisco como obispo de Buenaventura en el 2017.

Creció en una familia conservadora. Su madre, quien fue presidenta de la Legión de María –un grupo de la Iglesia que tiene como modelo a la Virgen María–, lo educó en el camino neocatecumenal –un movimiento eclesial con una fuerte espiritualidad en la palabra y algunas prácticas que no son habituales en toda la Iglesia católica–. Rubén Darío Jaramillo es el único sacerdote de su familia y, desde que murieron sus padres, el centro de atención de esta.

La Diócesis de Buenaventura ha sido un lugar de denuncia para los sacerdotes que se han atrevido a escudriñar en la guerra que vive la región. Desde los años 50 monseñor Gerardo Valencia Cano fue conocido en su época como el “obispo rojo”, por inclinarse en defensa de los pobres y de la comunidad afrodescendiente de Buenaventura y del Pacífico colombiano. O monseñor Héctor Epalza Quintero, antecesor del actual obispo, quien fue un reconocido líder del Comité del Paro Cívico en Buenaventura del 2017.

El año pasado monseñor Rubén Darío Jaramillo recibió la primera amenaza de muerte. Una persona se acercó a un padre a decirle que unos hombres estaban ofreciendo una gran suma de dinero por asesinar al obispo de Buenaventura. Además, unas publicaciones en redes sociales hablaban de ponerle una bomba al obispo.

A partir de estos hechos, los obispos del Pacífico y el Suroccidente colombiano viajaron hasta Buenaventura y públicamente expresaron su preocupación por “la pobreza, el dolor, la muerte y desesperanza generadas por la confluencia de situaciones que, (…) denunciamos cada vez más crecientes como el narcotráfico, el incremento de grupos armados, la corrupción, la extorsión, la ineficiencia de amplios sectores públicos y privados”.

Buenaventura es un territorio “riquísimo”, como él lo describe. Pero donde afirma que el narcotráfico produce el dinero que se va para otras ciudades y con el que se desarrollan actividades económicas aparentemente bajo la legalidad.

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